Observatorio de Mortalidad
Materna y Neonatal

María Dolores Castro Mantilla

Partimos de la definición de Ana Amuschátegui cuyo contenido nos brinda una visión amplia de la sexualidad: “Es una construcción histórica que reúne una variedad de posibilidades biológicas y mentales diferentes, identidad de género, diferencias corporales, capacidades reproductivas, necesidades, deseos, fantasías; cuya vinculación entre sí depende de cada contexto cultural”. (Weeks 1986. Citado en Amuchástegui 2001).

Asimismo, también es importante tomar en cuenta la definición de salud sexual de la OMS (1996): “Salud sexual es la integración de los aspectos somáticos, emocionales, intelectuales y sociales del ser humano, para enriquecer y mejorar su personalidad, su capacidad de comunicación con otras personas y su capacidad de amar. La noción de salud sexual implica un abordaje positivo de la sexualidad humana, a través de la cual los cuidados con la salud sexual, engloban la mejoría de la vida y de las relaciones interpersonales y no apenas orientación y cuidados relacionados con la procreación y la adquisición de las infecciones sexualmente transmisibles. Los tres elementos básicos de la salud sexual son: 1. Tener la capacidad de disfrutar y controlar el comportamiento sexual y reproductivo de acuerdo con la ética social y personal. 2. Estar libre del miedo, de la vergüenza, de la culpa, de las creencias falsas y de otros factores psicológicos que inhiben la respuesta sexual y perjudican las relaciones sexuales. 3. Estar libre de problemas orgánicos, de las enfermedades y dificultades que interfieren con las funciones sexuales y reproductivas.” (OMS en Reprolatina 2014).

.Las concepciones y prácticas sobre sexualidad cambian de acuerdo con los contextos históricos y sociales, particularmente, el contexto colonial occidental, patriarcal, religioso y moderno han influido en una mayor regulación y moralidad de los comportamientos sexuales y en una asociación entre sexualidad y reproducción.  Estas concepciones se han instalado fuertemente en las estructuras sociales comunitarias, llegándose a interpretar como parte de la cultura, cuando no lo son.  Por ejemplo, el no lucir el embarazo, si no hasta un estado avanzado, considerar a los gemelos como designios malignos y por tanto eliminar a uno de ellos, no expresar caricias ni expresiones afectivas en público, la prohibición de las familias o uniones poligámicas, entre otras. (Castro et. Al 2009).

Los modelos culturales sobre el cuerpo y la sexualidad están muy influidos por las diferencias de género y clase social, y especialmente en las sociedades actuales donde el cuerpo, por un lado, está sometido por unas rígidas normas estéticas que promueven el autocontrol y que, por otra parte, es un objeto de consumo en una sociedad hipersexualizada muy presente en los medios de comunicación.  (Esteban, 2013 en Gallegos y Moreno, 2019). Desde esta perspectiva resulta fundamental repensar la sexualidad no solo como cultura, si no como poder (dominio, regulación) y comprender el carácter relacional o interseccional que tiene la sexualidad con lo cultural, lo social y lo económico y con el carácter no racional e inconsciente como el deseo, libertad, placer sobre los cuales, se cree ejercer el poder y el control, pero al final, siempre están presentes en la sexualidad.

La sexualidad regulada: política pública y sus implicaciones

Desde la política pública, la sexualidad es un tema poco abordado y tiene importantes implicaciones si se entiende que por un lado, la política publica esta referida a los asuntos que tienen que ver con el ejercicio de poder, y en este sentido, el término se relaciona también con la intención de resolver problemas colectivos, lo que a su vez, pone en vínculo los poderes y los gastos públicos con la vida cotidiana. Si además entendemos lo “público” como un espacio común, donde se generan tanto conflictos como soluciones, podemos decir que una “política pública” es un conjunto de objetivos, decisiones y acciones que lleva a cabo un gobierno para dar solución a problemas que se consideran prioritarios en un contexto particular (Tamayo, 1997). Algunos ejemplos de política pública son el conjunto de medidas que se implementan para gestionar la sanidad, la educación, la cultura, el deporte, entre otros, y los costos y beneficios que esto supone. Y por otro lado, la creencia que la sexualidad es un asunto “privado” y por tanto no incumbe al Estado.

En nuestro país, no hay duda que temas como la violencia sexual, la identidad de género y los derechos sexuales y reproductivos, históricamente han sido puestos en la esfera pública desde los movimientos ciudadanos en búsqueda del reconocimiento y el respeto de los derechos humanos (derechos sexuales y reproductivos, en particular) principalmente catalizados por colectivos de mujeres y población LGBTIQ. Algunas de estas reivindicaciones han sido “apropiadas” por los diferentes gobiernos de turno, que desde la política pública intentan regular dichos comportamientos con resultados poco alentadores en el ejercicio de los derechos y en la inversión de un gasto público adecuado para asegurar por ejemplo, la erradicación de la violencia sexual y basada en género, otorgando, además la atribución del Estado de “intervenir” para proteger la integridad física y emocional de sus ciudadanas.

Así́, en general, el deseo, cuando se expresa en la sexualidad, y sobre todo cuando se actúa en la sexualidad, se sanciona moralmente y se regula para evitar la desviación. Los casos emblemáticos que he podido observar al respecto, son por ejemplo, el uso de anticonceptivos en adolescentes, la anticoncepción de emergencia y el aborto. Situaciones que colocan en dilema a las políticas públicas en admitir o sancionar ciertas prácticas que se llevan a cabo en la esfera privada de la sexualidad pero que devienen en problemáticas públicas como el embarazo en adolescentes, las infecciones de transmisión sexual, el VIH y la morbimortalidad por aborto. Además, en el caso de los servicios de salud los y las prestadoras que además de ser los ejecutores de las regulaciones, tienen también sus propias percepciones sobre la sexualidad, en varios ejemplos que tengo de diversas observaciones realizadas en la entrega de servicios de anticoncepción, las creencias sobre la sexualidad que el prestador/a tenga puede incluso llegar a negar o influir la decisión de las mujeres y adolescentes sobre la anticoncepción y en el fondo sobre su deseo, libertad y placer. A tal punto que llegan a transgredir las propias regulaciones o normativas estatales cuando por ejemplo, las normativas instruyen la entrega de anticonceptivos de larga duración (dispositivos intrauterinos, hormonales inyectables, implantes) para adolescentes, previa orientación (consejería) y valoración de riesgos de la salud, no obstante, el criterio personal, religioso y moral es el que muchas veces prevalece.

En los últimos años parece haber mayores espacios de expresión y discusión sobre la legislación de políticas publicas para las diversas expresiones de la sexualidad, particularmente desde movimientos feministas y por la diversidad sexual, no obstante, también, es cierto que determinados grupos ciudadanos vinculados con el  poder  conservador religioso, político (partidos o líderes  de derecha, centro e izquierda) y económico, están permeando las decisiones de la política pública desde las más altas esferas oponiéndose al reconocimiento y ejercicio de los derechos sexuales. El caso emblemático es la educación integral de la sexualidad, que no ha podido oficialmente instalarse en la curricula educativa formal y que más bien ha generado “una cacería de brujas” con el desarrollo de argumento no científicos, basados en mentiras y especulaciones sobre la sexualidad.

A manera de conclusión

Es necesario entender más la sexualidad en el contexto de la política y de las políticas publicas, y no como un asunto o cuestión de “desviación”, sino como un aspecto fundamental de las personas que tiene un peso sobre las decisiones y los destinos de la sociedad. La sexualidad no es un asunto medible, cuantificable, si bien la mortalidad materna puede medirse sobre la base de la “razón” de una mujer sobre cien mil nacidos vivos (160/100.000 NV) y este dato alarma al ser considerada la segunda razón mas alta de América Latina, cuando estudiamos cualitativamente cada muerte encontramos historias de sexualidades violentadas y negadas de niñas y mujeres que no pudieron tomar sus propias decisiones: Un marido que se opone al uso de un anticonceptivo, afectando el espacio intergenesico entre uno y otro embarazo que pone en riesgo la vida de la madre, un aborto inseguro, una violación, un suicidio, etc.

Es necesario reflexionar que la administración de la sexualidad en la política pública ha dejado de lado las diferentes comprensiones culturales de la sexualidad, imponiéndose una visión occidental, patriarcal, judeo cristiana  y racional, enfoques que son hegemónicos en la actual elaboración de políticas publicas.

Como plantea Michel Wieviorka (2003) en su texto “La Diferencia”, la gestión de problemáticas sociales como el racismo, por ejemplo, y aquí, agregaríamos la de sexualidad, cuando son administradas únicamente desde el gobierno sin interpelación de la sociedad, corren el riesgo de simplificarse, burocratizarse, y mellar la conciencia ciudadana de la importancia de seguir apelando una sexualidad plena, incluso hasta la vejez.  ¿Porque por ejemplo, el programa de salud sexual y reproductiva no incluye a los y las adultas mayores, más allá de la menopausia o andropausia? ¿Qué pasa con la sexualidad de los niños y niñas menores de 15 años? La edad reproductiva y sexual de la política esta claramente identificada entre los 15 a 49 años de edad.

Es fundamental entender el carácter relacional (social y económico) y no racional e inconsciente de la sexualidad. Ahondar más en estos aspectos ayudaría a entender por qué algunas de las campañas de prevención han tenido poco o nulo éxito, y por qué los enfoques que suponen que las personas van a tomar decisiones racionales sobre su sexualidad son engañosos. Es necesario repensar la sexualidad como cultura, como deseo y como poder.

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