Observatorio de Mortalidad
Materna y Neonatal

Alberto De La Galvez Murillo

                             Fuente: El País.

La humanidad, a lo largo de su existencia, ha soportado numerosas calamidades: desastres climáticos, guerras, hambrunas, holocaustos y epidemias, que han provocado miles de millones de muertos. Pero, aquí estamos, como amos y señores del planeta, aunque de tanto en tanto, pequeños e invisibles enemigos, como los virus, desafían nuestra existencia y dominio. Mientras más antiguas son esas calamidades, menos información precisa está disponible, peor si algunas de ellas ya no se han vuelto a repetir. Esto es lo que sucede con la peste, peste negra, muerte negra o como se la quiera llamar.

La peste es una zoonosis que afecta a roedores y sus pulgas, que trasmiten la infección bacteriana a diversos animales y a personas, mediante la picadura de pulgas infestadas. El agente causal es el bacilo de la peste, o Yersia Pestis. La peste humana y la animal pueden ser urbanas y rurales. Es endémica en China, Laos, Mongolia, Myanmar, India y Vietnam. En América latina, hay focos en Brasil, Perú, Bolivia y Ecuador. Pueden aparecer casos importados en países donde la enfermedad no es endémica y ocasionar pequeños brotes, como el de Ecuador, en 1998, de peste neumónica. La peste urbana ha podido ser erradicada en casi todo el mundo; sin embargo, en el decenio de 1990 aparecieron casos en algunos países de África, como Botswana, Kenia, Madagascar. Malawi, Zimbabwe y la República Democrática del Congo.

Hay tres variedades clínicas de la enfermedad: la bubónica, la pulmonar y la septicémica. En la variedad bubónica, son afectados principalmente los ganglios de las ingles y, en la neumónica, los pulmones. Esta última es más peligrosa porque mediante las gotitas del esputo en aerosol expulsado mediante la tos por los pacientes, puede haber contagio de persona a persona. Pueden ocurrir brotes localizados o una epidemia devastadora, esta última por contagio natural o, incluso, por una guerra biológica o un acto terrorista. La peste bubónica no tratada puede provocar mortalidad de 50-60% de las personas que la contraen. El microorganismo ha sido identificado en cultivos faríngeos de contactos asintomáticos. Sin tratamiento, la peste neumónica y la septicémica primaria son siempre mortales. Si bien hay tratamiento antibiótico para todos los tipos de peste, las personas que no reciben un tratamiento adecuado contra la peste neumónica primaria en el término de 18 horas de haber iniciado los síntomas de las vías respiratorias, posiblemente no sobrevivirán. La mayor epidemia de peste afectó a Europa y Asia, en el siglo XIV. Tuvo su punto máximo entre los años 1347 y 1353. La misma habría provocado la muerte de un tercio de la población del viejo continente, es decir alrededor de 25.000.000 de decesos. Esta peste comenzó en Asía y llegó a Europa por las rutas marítimas comerciales; es decir, llegaron en los barcos tanto las ratas infectadas como los enfermos. Se acusó a los judíos de ser los causantes, y de haberla provocado por envenenamiento de los pozos de agua. En muchas localidades hubo violentas revueltas contra ellos, que eran minoría. Hubo asaltos, pillaje y asesinatos. En algunas de esas comunidades, la minoría judía fue exterminada. Como ya mencioné, los antecedentes no son muy claros. La peste negra atacó África, Asia, Oriente medio y Europa, provocando tanta mortalidad, probablemente 100 millones de muertes, que no fue igualada por las epidemias posteriores de viruela y de la gripe española.

Hay una treintena de grandes pestes en la historia de la humanidad, que causó los 100 millones de muertos que acabo de mencionar. Según el historiador Procopio, la peste que asoló Constantinopla, mató 10.000 personas en un día. Le llamaban peste negra por las características de los bubones de las ingles y de otras partes del cuerpo, de aspecto oscuro, y también por ese mismo aspecto que adquirían las extremidades de los dedos, especialmente de los pies, por la gangrena y, también, por la sangre oscura que vomitaban los afectados de peste neumónica. Alrededor del año 1.300 no había suficiente tierra para cultivar, por lo que la hambruna era cada vez mayor, ni pastos para alimentar al ganado, que moría de hambre. Esto generó deforestación, que pudo ser un factor para la aparición de la peste. Hoy se sabe que la peste humana se adquiere naturalmente como consecuencia de la intrusión del hombre en el ciclo zoonótico, llamado también selvático o rural, durante una epizootia o después de ella, o por la introducción de roedores salvajes o sus pulgas infectadas en el hábitat humano. En la actualidad, la deforestación está provocando la liberación de virus hasta hoy desconocidos, porque sus reservorios animales están siendo expulsados de sus territorios. Una epidemia de peste en la ciudad francesa de Orán, alrededor de 1840, que es el referente que me permite hacer comparaciones con la pandemia COVID-19, duró casi un año. Albert Camus la relata en su novela “La Peste”, basada en escritos que llegaron a sus manos. Otra descripción famosa, la peste que atacó Florencia en 1348, es la de Giovanni Boccaccio, en su libro de cuentos, Decamerón. En Orán, la mañana del 16 de abril, el Dr. Bernard Rieux, uno de los personajes de la novela de Camus, al salir de su habitación, tropezó con una rata muerta. Comunicó al portero, pero este afirmó categóricamente que en la casa no había ratas. Aquella misma tarde, Rieux estaba en el pasillo del inmueble, buscando sus llaves, cuando vio surgir del fondo oscuro del corredor una rata de gran tamaño con el pelaje mojado, que andaba torpemente. El animal se detuvo, pareció buscar el equilibrio, echó a correr, se detuvo otra vez, dio una vuelta sobre si misma lanzando un pequeño grito y cayó al fin, echando sangre por el hocico entreabierto. Al día siguiente, el portero detuvo al doctor para comunicarle que algún bromista había puesto tres ratas muertas en el corredor. Rieux, como todos los días antes de ir al hospital, se dirigió a los barrios pobres donde tenía varios pacientes. En una calle llegó a contar una docena de ratas tiradas sobre los restos de las legumbres y trapos sucios. Al otro día, encontró al portero muy desencajado: del sótano al tejado una docena de ratas sembraban la escalera. Los basureros de las casas vecinas estaban llenos de ratas muertas. A partir de ese día, las fábricas y los almacenes desbordaban de centenares de ratas muertas. Desde los barrios extremos hasta el centro de la ciudad, en todos los lugares donde se reunía la gente, los roedores estaban amontonados en los basureros o alineados en el arroyo. En los días que siguieron, la situación se agravó; cada mañana, la recolección de ratas muertas crecía en número, y los roedores empezaron a salir para morir en grupos. Luego de dos semanas, cada día era de miles el número de ratas muertas recolectadas. El 28 de abril, el portero de la casa del Dr. Rieux, presentó los primeros síntomas y signos de la enfermedad, para después fallecer a los dos días. Sin embargo, los médicos de Oran tardaron como un mes en comprender que se trataba de la peste, entre otras cosas porque la enfermedad ya había sido erradicada de occidente. La última epidemia había ocurrido en Francia, 20 años atrás. En la novela se lee lo siguiente: “ha habido en el mundo tantas guerras y pestes y, sin embargo, guerras y pestes cogen a las gentes siempre desprevenidas”. Esta es la primera coincidencia que he encontrado con lo que está sucediendo en la actualidad. Ningún país en el mundo, ningún sistema de salud, ninguna persona pensó que estaríamos en medio de una pandemia, incluso hasta algunas semanas después de manifestados los primeros casos y defunciones. En esto último hay otra coincidencia: no es común que ciertas personas crean en las plagas, hasta que no ven que toca su puerta. El autor de la novela, basada en ciertos apuntes que llegaron a sus manos, hace referencia a otra coincidencia, al manifestar lo siguiente: “las plagas no están hechas a la medida de los hombres; por tanto, el hombre dice que la plaga es irreal, un mal sueño que tiene que pasar. Sin embargo, guerras y plagas duran, porque la incredulidad y la estupidez humana la alimentan. Porque la gente sigue haciendo negocios, planeando viajes y emitiendo opiniones. Pero resulta que nadie es libre mientras hay una epidemia”. Otra similitud es que en todas o en casi todas las pestes y pandemias, hubo dudas de si se trataba o no de un problema grave, y por tanto se tardó en adoptar medidas apropiadas, además de que para controlar una epidemia o una pandemia, se necesita saber cuatro cosas: cómo se propaga, cual es el método de diagnóstico más seguro, cual el o los esquemas de tratamiento más apropiados y, finalmente, las medidas de prevención. Por suerte, el contagio no es nunca absoluto, pues habría una multiplicación infinita de casos. Como ya lo mencioné, los médicos tardaron un mes en aceptar que se trataba de la peste. A los 30 días de la aparición de las primeras ratas muertes, la Prefectura de Orán decretó: “Estado de Peste. Cierre de la ciudad”. En nuestro país, la cuarentena rígida fue iniciada 12 días después del primer caso de COVID-19.

A medida que pasaban los días y aumentaban los casos y los muertos, la separación de un ser querido se convirtió en el sufrimiento principal, más el miedo. Familiares, amigos, amantes que vivían en la misma ciudad pero que no podían verse ni encontrarse. Se permitió el ingreso de personas a la ciudad, pero con la advertencia de que ya no podrían salir, pero no todas pudieron regresar. Se rechazó solicitudes de salida, de personas que circunstancialmente estaban en Oran. La separación brutal, de un momento para otro, dejó desconcertados a los habitantes de Oran. Y comenzaron a aflorar sentimientos como: celos, amor reavivado, recuerdos, ausencia. Como la epidemia duró casi un año, surgieron después sentimientos encontrados, incluso la sensación de no poder recordar las facciones de la persona amada. Muchos tuvieron que reconciliarse con el tiempo; aceptar la realidad sin poder imaginar porqué hería tanto. Por entonces, al contrario de lo que sucede hoy, no había ningún tipo de apoyo, en dinero, alimentos, información, mensajes, televisión, telefonía, música apropiada para el momento, ni redes sociales que ayuden a aliviar el aislamiento. También, el comercio había muerto de peste; barcos en cuarentena, puertos silenciosos y abandonados.

Sin embargo, como la declaración de estado de peste no fue acompaña, por lo menos durante los primeros meses, de una explicación detallada de lo que significaba, los cines y los bares continuaron abiertos y la gente se agolpaba en ellos. Hasta cierto momento, como aquí todavía sucede, la gente no había aceptado la presencia de la peste, porque continuaban sensibles a todo aquello que trastornaba sus costumbres o dañaba sus intereses. Muchos estaban malhumorados e irritados. El público, como también está ocurriendo ahora, no reaccionaba ni siquiera ante la información del número de muertos, porque para ciertas personas, un hombre o una mujer muertos solo tienen peso cuando se los ha visto muertos. El resto de muertos en una epidemia no son más que humo en la imaginación. Más adelante, cuando la gente todavía circulaba libremente por las calles, fue restringida la venta de gasolina; se instruyó el cierre de las tiendas. También, como ahora, fueron difundidos, mediante carteles en las paredes, mensajes irresponsables: “el vino puro mata al microbio”. Aumentó el número de borrachos, pero no disminuyeron los muertos. Hubo personas, como ahora, que aprovecharon la situación para acaparar y vender productos a precios más altos. Al igual que lo que sucede en estos días, la Iglesia realizó plegarias colectivas, dirigidas principalmente a San Roque, considerado santo de los pestilentes.

Al paso del tiempo y tal como sucede hoy, hubo personas y grupos descontentos por la situación y restricciones, que se dieron a la tarea de provocar a la policía, que no dudó en dispararles. Hubo algunos muertos. También, personas que querían dejar la ciudad burlando los controles. En Oruro, el «silencio epidemiológico» fue roto por una persona que llegó a Oruro desde Challapata. Por entonces, ya se sabía que las pulgas eran las que propagaban la enfermedad. La policía mataba a tiros a perros y gatos porque pensaban que podían portar pulgas infectadas. Había falta de materiales para atender a los enfermos, y de personas para trasladar sospechosos y cadáveres. Fueron organizados grupos de voluntarios para realizar esas tareas. Los médicos utilizaban máscaras, aunque solo se presentaron algunos casos de peste neumónica. También, como sucede ahora con algunos departamentos, municipios y distritos citadinos, los barrios particularmente castigados por la peste fueron “encapsulados”. En las cárceles la mortalidad fue muy alta.Hubo conductas irracionales, ya que algunas personas sospechosas que terminaban la cuarentena, o enfermos que se curaban, quemaban sus casas, pensando que de esa manera mataban la peste.

Cuando la situación era insostenible y todavía existía gente saliendo a las calles, concentrándose en los cines y bares, la Prefectura de Oran dictó estado de sitio y toque de queda. Pequeños grupos armados se revelaron, pero la policía logró contenerlos. Muchas de las medidas administrativas que hoy han sido dictaminadas por las autoridades, también tuvieron lugar en Oran. Se prohibió los velatorios. Los entierros eran muy rápidos. Se procedió a cremar los cadáveres cuando ya no había donde inhumarlos. También, fueron habilitados hoteles y otros recintos para aislar sospechosos y enfermos. En la novela de Albert Camus no se relata situaciones que estuvieron presentes en otras pestes. En esos tiempos, en los que primaba el concepto contagionista de la enfermedad, se afirmaba que la enfermedad venía de afuera, requería cuarentena y el ejercicio administrativo de la burocracia. Fueron tiempos de la policía médica; es decir, los médicos llegaban a las casas con una escolta militar, que a culatazos abrían las puertas para arrancar de las casas a los enfermos, ante la desesperación y rechazo de los familiares.Durante la peste que ocurrió en Persia, los contagiados lanzaban sus harapos a los equipos sanitarios cristianos, invocando al cielo que les de la peste a esos infieles que querían combatir el mal enviado por Dios. En El Cairo, las monjas daban la comunión sosteniendo la hostia con pinzas, para evitar el contacto de sus manos con los labios de los fieles. También, en otros lugares, cuando la Iglesia tomaba el mando, arguyendo que la peste era castigo de Dios y que se debía orar para aplacar su ira, ante la ausencia de resultados, muchos sacerdotes fueron asesinados; otros tuvieron que huir.

Cuando los enfermos y los difuntos disminuyeron a casi cero, la gente se agolpó en las calles. Abrazos, besos, cánticos y toda clase de reacciones humanas imprevistas era posible observar. Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, el médico Bernand Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esa muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste nunca muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa.En realidad, el bacilo de la peste no permanece vivo mucho tiempo en superficies u objetos inanimados, pero puede permanecer viable varias semanas en agua, harinas y granos húmedos. Es destruido por su exposición a la luz solar durante varias horas. Su sobrevida depende de sus reservorios animales, como roedores, ardillas, conejos, liebres, incluso perros y gatos, que tengan pulgas infectadas.

En la actual pandemia, hay incremento paulatino de contagiados y todos esperan con ansia el pico de la epidemia. Ocurren rebrotes y es factible una segunda ola. Todavía no hay una vacuna ni tampoco medicamentos específicos. Lo más cierto hasta ahora, es que la pandemia se está alimentando de la conducta de las personas.

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